jueves, 6 de mayo de 2010

Crítica#6

Tu nombre es Polonia
Misterios, colores, Historia, clichés, debates.




Título original: Masz na imie Justine
Nacionalidad: Luxemburgo, Polonia
Duración: 97 minutos
Director: Franco de Peña
Guión: Chris Burzda, Franco de Peña, Tomasz Kepski
Reparto: Anna Cieslak (Mariola-Justine), Arno Frisch (Niko)

En cierto momento del filme, el personaje que interpreta Anna Cieslak levanta la voz al cielo y exclama en inglés: "where's the love? where are the dreams? where's the bloody justice?". El espectador, muy posiblemente, se preguntará lo mismo mientras ve esta película. Sin embargo, ¿quién nos ha prometido que al cine venimos a pasárnoslo bien, a ver sueños de amor y lujo, de princesas y galanes? Un cierto tipo de cine europeo "de festival" (normalmente financiado por el Consejo de Europa a través del programa Eurimages) del que estamos siendo espectadores en los últimos años ha hecho una apuesta radical por hacer esta pregunta con una estética del feísmo, de lo desagradable, de aquello que no apetece ver con un cartón de palomitas a un lado y un refresco con gas en la otra.

Your name is Justine nos cuenta la historia de Mariola, una chica polaca que vive con su abuela que decide salir de vacaciones con su novio (Artur), puede que por un par de semanas, puede que por más tiempo, a recorrer Europa y a visitar a los padres de este, que viven en Colonia. Sin embargo al llegar a Berlín una extraña tensión se cuela en la narración. Los paisajes boscosos se cambian por una Berlín nocturna de solares abandonados y tranvías lejanos. Artur resulta ser un impostor que ha decidido venderla a una mafia, a una red de prostitución. Desde ahí comienza un juego psicológico en la personalidad de la chica, Mariola, ahora rebautizada como Justine.

Llama la atención el planteamiento de suspense de una película de estética realista de las últimas décadas en un principio, rodada con cámara digital al hombro. Personajes que nunca son lo que parecen, giros inesperados y un entorno en el que todo puede pasar. Tal es el caso de Niko, uno de los miembros de esa mafia, un personaje opaco y oscuro que, a pesar de todo, parece estar dispuesta a ayudar a Mariola.

Desde entonces se inicia un interesante juego de personalidades, maquillajes, pelucas y disfraces entre la joven y enamorada Mariola y la prostituta Justine se ve reforzado por una genial interpretación de Anna Cieslak. El rostro de la actriz se convierte en un verdadero paisaje interior que lo mismo transmite amor ciego, ilusión, ganas de ser libre y vivir, desconcierto, locura, indiferencia, repugnancia y dolor inconfesable. Otro valor que construye los paisajes de este filme son los cromatismos, los juegos de luces y colores que permiten poner en escena el vídeo digital y los software de prostproducción anexos. Así, el lirismo (apoyado musicalmente) de la joven e ilusionada enamorada se reviste con unas tonalidades verde-grisáceas de bosque europeo iluminado por la luz tenue de media tarde. En oposición al Locus Amoenus de Polonia, Berlín tiene una dominate cromática gris. Los espacios son oscuros, asfixiantes, las ventanas están taponadas y la luz tan solo se cuela por los huecos entre ladrillos. El espacio, absolutamente kafkiano, de ventanas de distintos tamaños que alrededor de un patio, parecen observar sin ver a la protagonista vestida de llamativo rojo en tan desvaído entorno. Es un espacio, definitivamente, de locura, pues la pérdida de la personalidad es el eje de este filme.

La sordidez de Alemania frente al lirismo de Polonia pone el acento en el cambio que se opera en el personaje, herido en uno de los valores más respetados por las sociedades modernas, que es la libertad de elección afectiva. Sin embargo, lo que en un primer plano es la simple y llana denuncia de la cosificación terrible de las prostitutas como un bien de mercado deja entrever algunos motivos que pueden sernos interesantes. De un lado, un mensaje ciertamente pesimista, el tránsito de la adolescencia-juventud a la perspectiva adulta, la puesta en el mundo (la "yección" de Martin Heidegger), en un mundo en el que el amor parece ser un bien que puede comprarse y venderse y que, de existir, es una representación fingida, como las pelucas de Justine, como al afecto de Artur. De otra parte, bien sabemos por la historia reciente del sufrimiento del pueblo Polaco en el último siglo. ¿Cabría, pues, una lectura política en la que unos y otros obligan a Polonia -precisamente es en alemania- a ser sierva leal de unos intereses creados que terminan acabando con la maternal abuela, con la patria y la seguridad en el entorno familiar? Primero los nazis, luego el comunismo, ahora el capitalismo desenfrenado, con el que las soluciones no han llovido del cielo precisamente...

En definitiva, este tipo de cine de carácter social nos plantea una serie de reflexiones. Sus motivaciones encaminadas a la agitación de la conciencia no dejan de ser una propuesta interesante sobre los caminos que la séptima de las artes aún debe explorar. Sin embargo, la estetización del sufrimiento es una cuestión muy delicada, y los clichés y tópicos que parecen estar instalándose sobre una cierta línea del cine europeo contemporáneo nos devuelven al debate que abrieron Jean-Luc Godard y Jacques Rivette en Cahiers du Cinéma a propósito de Kappo de Pontecorvo y que el primero retomó tras el estreno de La lista de Schindler. ¿Es ética la estetización del sufrimiento? ¿Debe haber una elegancia en la representación de la sordidez? Aunque para dilucidar esta cuestión necesitamos a Roberto Rossellini, bien es cierto que, como dice el crítico literario Harold Bloom, "el Arte no nos enseña (en un principio) a ser mejores personas". Y así pone de manifiesto el vil rey Macbeth, uno de los personajes que todos reconocemos como cumbre de la obra de William Shakespeare. Por este motivo, hay que prestar atención a los signos que componen la obra. En este tipo de películas aparentemente tan directas y realistas se hace más necesario que nunca el esfuerzo interpretativo, ya que están tendiendo a complicar sus simbologías con una puesta en escena y una intervención técnica (en postproducción con el trabajo sobre la luz y el color) sobre la imagen, algo que, desde luego, supone una interesante propuesta estética a la que tenemos que estar atentos. Por contra, el debate sigue abierto: ¿hay que poner límites a la crudeza estetizada?

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