Deathtrap
Un repaso sobre el canon
Título original: Deathtrap
Director: Sidney Lumet
Guión: Ira Levin (historia), Jay Presson Allen (guión)
Compañía productora: Warner Bros. Pictures
Nacionalidad: Estados Unidos
Año de producción: 1981-1982
Reparto: Michael Caine, Christopher Reeve, Diane Cannon, Irene Worth, Henry Jones, Joe Silver
Sidney Lumet, creativo, genial, sobresaliente, irónico, regala una de sus mejores obras en la inclasificable Deathtrap (La trampa de la muerte). Este filme trabaja con la mordacidad y la ironía de sus clásicos como Network (1976) y con el acento puesto sobre el juego con las formas, las estructuras y los elementos narrativos que ha practicado hasta su última obra, Antes de que el diablo sepa que has muerto (2007).
La trampa de la muerte es, en una palabra, CANON. Lumet pertenece a una generación que ha sido llamada "la generación televisiva" o la "generación de los neoclásicos" y cuya relevancia es capital en la Historia del Cine americano. Esta nueva remesa de la realizadores que aterrizan en los 60, en la que también se enmarcan Blake Edwards o Francis Ford Coppola, accede a la industria del cine gracias a su formación como colaboradores en la realización de programas para televisión, en el caso de Lumet, para la CBS. Pero su relación con la pequeña pantalla es doble: este grupo también se caracteriza por tener una conciencia del pasado del cine gracias a la emisión por televisión de películas clásicas. Buenos conocedores del canon histórico mediante la por aquellos años resuelta querella entre cine y televisión, serán unos realizadores neoclásicos en conjunto, lo cual les permitió establecer un fecundo diálogo lúdico con las formas y las estructuras para protagonizar así la apertura de la modernidad del cine americano tras la caída del sistema de los estudios.
En este sentido, La trampa de la muerte no deja de ser un nuevo juego con el canon. La película expone sus estrategias de construcción narrativas en el propio relato, en un hábil juego metadiscursivo que no hace sino potenciar el efecto cómico de la risa pensativa. Todo está claro, y Michael Caine lo expone: sólo cinco personajes, un sólo espacio, dos actos y un crimen. Deathtrap es la historia de un escitor de obras de teatro policíacas que ha padecido un fracaso económico y de crítica. Su mujer es una rubia repelente pero adinerada, con la que convive en una casa de campo (un antiguo molino) en el que el protagonista, Sid, tiene su propio estudio decorado con armas medievales, como escritor de dramas en los que la muerte es un elemento central. Tras el fallido estreno, un joven estudiante envía a Sid un proyecto de obra teatral que resulta ser una joya. Juntos, el matrimonio compuesto por Sid y Myra, urde una estrategia para asesinarlo y quedarse con la obra mientras están a punto de ser descubiertos por su vecina, una tele-prestidigitadora.
¿Y eso es todo? No: ahí sólo empieza el desternillante juego de inversión de estructuras, de revelación de secretos en los que a cada minuto la trama da un giro inesperado. Se trata de un alarde no de cine dentro del cine, sino de teatro dentro del cine. En mi opinión, esto es un acto equivalente de metatextualidad entre dos tradiciones hermanas en Hollywood como demuestran películas señeras como All about Eve (Eva al desnudo, Joseph L. Mankievicz, 1950). De hecho, huelga decir que Lumet comenzó a dedicarse al mundo del espectáculo como actor en Broadway, y nos urge recuperar ese vínculo entre la calle 42 de Nueva York y Sunset Boulevard de Los Ángeles para comprender mejor qué es y cómo se construye el cine americano.
Otros lenguajes entran en el juego cómico como el del género de terror, el discurso moral (con reminiscencias a Fausto) o el de la crítica y la autocrítica del genio acabado en una continua confusión entre verdad y representación, de donde emana esa risa pensativa de la parodia con las formas narrativas y con el mundo, de la alta comedia y del modelo más refinado del género cómico, cuyo máximo exponente es nuestro cervantino Don Quijote.
Hay que celebrar la presencia de Michael Caine, siempre serio, elegante e irreverente, una genial aunque breve Diane Cannon y un jovencísimo Christopher Reeve antes de que le pusieran la raya al lado y el caracolillo de Superman. Es un joven y atractivo estudiante, aprendiz de escritor de dramas policíacos y el tercero en discordia de esta historia, capaz de interpretar sólo con la forma de mirada el cambio que se opera entre la crisis nerviosa, la pasión y el traicionero fingimiento. Michael Caine, siempre convincente en sus intervenciones, repetirá este personaje en una experiencia con Peter Bogdanovich en 1992 con Noises off (Qué ruina de función) en la que interpretará a un director de teatro en crisis en una comedia igualmente desternillante y que pone sobre la mesa todos los artificios del espectáculo mediante la trama de enredo.
Por último, alabaremos en la copia doblada al español peninsular la inigualable labor de los actores de la industria española, en un doblaje conseguidísimo y más cómico si cabe, especialmente en las simpatiquísimas voces que traducen a nuestra lengua a Diane Cannon y al impasible Michael Caine.


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