Lucía y el sexo...
...y la estética digital... y la creatividad... y...
Título original: Lucía y el sexo.
Nacionalidad: España.
Año de producción: 2001.
Compañía productora: Sogecine.
Dirección y guión: Julio Medem.
Fotografía: Kiko de la Rica.
Reparto: Paz Vega, Tristán Ulloa, Najwa Nimri, Daniel Freire, Elena Anaya, Silvia Llanos.
Si hay algo que sobresalga y llame poderosamente la atención del espectador en Lucía y el sexo, además de la gran carga erótica explícita de la película, es la no menos poderosa estética. Estos dos elementos, grandes reclamos y valedores de la obra, se apoyan, saltan, corren y recorren los complejos símbolos que componen el film. De este modo, el fondo y la forma se funden en una sola unidad (la propia película) que expresa por sí misma componiendo una interesante propuesta.
Lorenzo (Tristán Ulloa) es un escritor de novelas best seller que un buen día conoce en la cafetería donde se reúne con su agente (Javier Cámara) a una ferviente admiradora de sus novelas y de su persona: Lucía (Paz Vega). Entusiasmado y fascinado, Lorenzo acepta que esta se vaya a vivir a su casa, en donde se desarrolla una encendida pasión entre los dos amantes. Lorenzo escribe y Lucía va leyendo sus historias. Desde ahí van surgiendo una serie de pistas que ponen en pie una enrevesada (no se entienda en sentido negativo) trama: la isla de la que el escritor tanto habla, una hija (Luna) que no sabe que tiene, complicados enredos de pasiones...
Rápidamente el espectador se percata de la delicada sutura que une cada uno de las secuencias que componen la película. Las partes soleadas de la vida en común de Lorenzo (el sol) y Lucía (apoyadas por esta cantando, a ratos, "Un rayo de luz" de Marisol), los recuerdos nocturnos de la playa, las sombras amenazadoras de los miedos y terrores, la atmósfera asfixiante y decadente de un ménage-a-trois... y, por encima de todo, las imágenes sobreexpuestas, blanquecinas y con colores saturados de las acciones que se desarrollan en la isla. Sin duda, la tecnología y el vídeo digitales empleada por Medem para el rodaje y postproducción de la película permiten este juego estético con el color y las calidades de la imagen (exposición, textura), que encuentra precedentes en Antonioni (El misterio de Overwald, 1986) y Coppola (Corazonada-One from the heart, 1982) es una hábil y sabia elección que permite este juego estético y que nos abre un inmenso abanico de posibilidades estéticas que aún están por descubrir y explotar.
En Lucía y el sexo, esta estética junto a la superposición de espacios y tiempos lejanos (la isla, Madrid, el presente y el pasado) entremezclados con estados psíquicos especiales, como son la enfermedad y el proceso creativo que atraviesa un escritor, nos ponen sobre aviso de que debemos pararnos a pensar los símbolos que se nos ofrecen conforme avanza el relato. Estos símbolos se organizan en una estructura que no puede encontrar otro nombre mejor que "estructura esquizofrénica". Este es un método privilegiado que han tomado muchas películas que reflexionan acerca de la construcción del propio discurso y acerca del fenómeno creativo, aderezados por los ingredientes de la crisis existencial y la anormalidad del estado psíquico: desde los más logrados hitos de la ficción: Adaptation (Spike Jonze, 2002) o el celebrado Fellini Otto e mezzo (Federico Fellini, 1963); hasta las más recientes experiencias documentales de cine diario (Tarnation, Cahouette, 2004).
El fondo marino, la isla hueca y los agujeros por los que los personajes viajan para cambiar de cuento son los elementos que unen el complicado pero apasionante laberinto en el que se convierte la película. Una película que habla, precisamente, de la inmersión del escritor en el mundo que crea cuando escribe y de los altibajos en su relación con ese mundo re-creado sobre elementos de la realidad. Al igual que en la novela Niebla, de Miguel de Unamuno, los personajes hablan con el autor (en la película por medio de un chat en la red) visitan a su autor, se rebelan incluso... y nos ponen alerta, nos hacen sospechar de que no sabemos qué pertenece a la realidad y qué a la ficción e invención del autor. Y así se nos abre un juego que interpela al espectador para que decida qué es real y qué es invención.
La teoría suele argumentar que debemos preguntarnos por el significado, pero no responder sobre el sentido. La crítica también debe hacerse cargo de esta premisa. Con Medem, descubrimos una interesante propuesta estética que consiste en una forma de contar historias en la que, al igual que en la teoría, la interpretación del espectador (que con Lucía va descubriendo pistas) se ve revalorizada. Estemos atentos.


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