viernes, 30 de abril de 2010

Crítica#5

Deathtrap
Un repaso sobre el canon


Título original: Deathtrap
Director: Sidney Lumet
Guión: Ira Levin (historia), Jay Presson Allen (guión)
Compañía productora: Warner Bros. Pictures
Nacionalidad: Estados Unidos
Año de producción: 1981-1982
Reparto: Michael Caine, Christopher Reeve, Diane Cannon, Irene Worth, Henry Jones, Joe Silver

Sidney Lumet, creativo, genial, sobresaliente, irónico, regala una de sus mejores obras en la inclasificable Deathtrap (La trampa de la muerte). Este filme trabaja con la mordacidad y la ironía de sus clásicos como Network (1976) y con el acento puesto sobre el juego con las formas, las estructuras y los elementos narrativos que ha practicado hasta su última obra, Antes de que el diablo sepa que has muerto (2007).

La trampa de la muerte es, en una palabra, CANON. Lumet pertenece a una generación que ha sido llamada "la generación televisiva" o la "generación de los neoclásicos" y cuya relevancia es capital en la Historia del Cine americano. Esta nueva remesa de la realizadores que aterrizan en los 60, en la que también se enmarcan Blake Edwards o Francis Ford Coppola, accede a la industria del cine gracias a su formación como colaboradores en la realización de programas para televisión, en el caso de Lumet, para la CBS. Pero su relación con la pequeña pantalla es doble: este grupo también se caracteriza por tener una conciencia del pasado del cine gracias a la emisión por televisión de películas clásicas. Buenos conocedores del canon histórico mediante la por aquellos años resuelta querella entre cine y televisión, serán unos realizadores neoclásicos en conjunto, lo cual les permitió establecer un fecundo diálogo lúdico con las formas y las estructuras para protagonizar así la apertura de la modernidad del cine americano tras la caída del sistema de los estudios.

En este sentido, La trampa de la muerte no deja de ser un nuevo juego con el canon. La película expone sus estrategias de construcción narrativas en el propio relato, en un hábil juego metadiscursivo que no hace sino potenciar el efecto cómico de la risa pensativa. Todo está claro, y Michael Caine lo expone: sólo cinco personajes, un sólo espacio, dos actos y un crimen. Deathtrap es la historia de un escitor de obras de teatro policíacas que ha padecido un fracaso económico y de crítica. Su mujer es una rubia repelente pero adinerada, con la que convive en una casa de campo (un antiguo molino) en el que el protagonista, Sid, tiene su propio estudio decorado con armas medievales, como escritor de dramas en los que la muerte es un elemento central. Tras el fallido estreno, un joven estudiante envía a Sid un proyecto de obra teatral que resulta ser una joya. Juntos, el matrimonio compuesto por Sid y Myra, urde una estrategia para asesinarlo y quedarse con la obra mientras están a punto de ser descubiertos por su vecina, una tele-prestidigitadora.

¿Y eso es todo? No: ahí sólo empieza el desternillante juego de inversión de estructuras, de revelación de secretos en los que a cada minuto la trama da un giro inesperado. Se trata de un alarde no de cine dentro del cine, sino de teatro dentro del cine. En mi opinión, esto es un acto equivalente de metatextualidad entre dos tradiciones hermanas en Hollywood como demuestran películas señeras como All about Eve (Eva al desnudo, Joseph L. Mankievicz, 1950). De hecho, huelga decir que Lumet comenzó a dedicarse al mundo del espectáculo como actor en Broadway, y nos urge recuperar ese vínculo entre la calle 42 de Nueva York y Sunset Boulevard de Los Ángeles para comprender mejor qué es y cómo se construye el cine americano.

Otros lenguajes entran en el juego cómico como el del género de terror, el discurso moral (con reminiscencias a Fausto) o el de la crítica y la autocrítica del genio acabado en una continua confusión entre verdad y representación, de donde emana esa risa pensativa de la parodia con las formas narrativas y con el mundo, de la alta comedia y del modelo más refinado del género cómico, cuyo máximo exponente es nuestro cervantino Don Quijote.

Hay que celebrar la presencia de Michael Caine, siempre serio, elegante e irreverente, una genial aunque breve Diane Cannon y un jovencísimo Christopher Reeve antes de que le pusieran la raya al lado y el caracolillo de Superman. Es un joven y atractivo estudiante, aprendiz de escritor de dramas policíacos y el tercero en discordia de esta historia, capaz de interpretar sólo con la forma de mirada el cambio que se opera entre la crisis nerviosa, la pasión y el traicionero fingimiento. Michael Caine, siempre convincente en sus intervenciones, repetirá este personaje en una experiencia con Peter Bogdanovich en 1992 con Noises off (Qué ruina de función) en la que interpretará a un director de teatro en crisis en una comedia igualmente desternillante y que pone sobre la mesa todos los artificios del espectáculo mediante la trama de enredo.

Por último, alabaremos en la copia doblada al español peninsular la inigualable labor de los actores de la industria española, en un doblaje conseguidísimo y más cómico si cabe, especialmente en las simpatiquísimas voces que traducen a nuestra lengua a Diane Cannon y al impasible Michael Caine.

jueves, 22 de abril de 2010

Crítica#4

'Moon'
El doble de Robinson


Título original: Moon
Nacionalidad: Reino Unido
Compañía productora: Sony Classic Films/Liberti Films UK
Director: Duncan Jones
Guión: Duncan Jones, Nathan Parker
Música: Clint Manshell
Fotografía: Gary Shaw
Reparto: Sam Rockwell, Kaya Scodelario, Kevin Spacey (como Gerty)

Moon es la segunda película de Duncan Jones un realizador británico procedente del ámbito de la publicidad y formado en la reconocida British Film Academy. Se encuadra en el marco del UK Film Council y ha sido merecedora de un galardón en los premios BAFTA, la Academia Británica Cinematográfica.

Moon es, en un principio, la historia de un astronauta que se encuentra completamente solo (tan solo cuenta con la compañía del robot inteligente Gerty) cumpliendo una misión en la Luna por un tiempo de 3 años, un período infernal en el que añora a su mujer y a su hija. En un nivel más profundo, la historia de Sam Bell (su protagonista) es un laberinto psicológico, una historia de sueños y añoranzas mezclada con verdadero terror de confusión de identidades en un universo robótico hipermoderno, en el que la realidad puede difícilmente diferenciarse del simulacro. A ello contribuyen un genial Sam Rockwell, que interpreta con contundencia diferentes estados psicológicos, y un simpático Kevin Spacey, que con su característica voz da vida y expresividad a Gerty, el robot asistente del protagonista en su misión espacial.

Tras la búsqueda de sí mismo que hace Sam Bell y la espera para reencontrarse con sus seres amados emergen los grandes valores en la película. De una parte, un espacio infinito y abierto que cae como una pesada losa sobre la soledad del protagonista. El ser ante el infinito se ve abrumado y empequeñecido como los astronautas de 2001: una odisea en el espacio (Stanley Kubrick) o incluso, desde lo cómico, como el Capitán Haddock en Tintín en la Luna. Este entrañable personaje siente pavor ante la inmensidad del vacío y desea con todas sus fuerzas regresar a "nuestra vieja amiga la Tierra".

El otro valor lo constituye la terrible y brillante trama psicológica y psicologizante del filme, derivada de la situación de soledad del hombre consigo mismo. El ser ante sí mismo, ante el espejo, es un nuevo Robinson, como lo es el reciente y odiseico Christopher Noland de Náufrago (Cast away, Zemeckis) interpretado por Tom Hanks. Pero también es un ser que padece el "temor y temblor" del que habló Sören Kierkegaard al colocar al hombre ante el absoluto, pues Sam Bell es un hombre que teme incluso que él mismo no sea el propietario de su propia identidad y quedar para siempre desplazado por su clon, como El Doble de Dostoievski. En pocas palabras: una verdadera historia de terror en la que nada es seguro, nada es cierto, e incluso se duda de la veracidad del yo.

Moon luce mucho con poco, con la habilidad de una pequeña pieza teatral en pocos decorados y algunas maquetas en la que (atención) otras texturas de imagen y sonido que el cine posmoderno ha adoptado (el videoblog, la videollamada, el noticiario televisivo, el sonido radiofónico del despertador) nos ayudan a situar a un personaje en un lugar, en una situación y en un estado dramático y psicológico.

jueves, 15 de abril de 2010

Crítica#3

Caché
'Fatum' o la venganza de los Lumière


Ficha técnica:
Título original: 'Caché'
Director: Michael Haneke
Fotografía: Christian Berger
Reparto: Daniel Auteuil, Juliette Binoche, Maurice Bénichou
Nacionalidad: Austria
Año de producción: 2005

Michael Haneke es, por uno de los pocos consensos de la crítica y de la cinefilia de hoy, uno de los creadores de imágenes en movimiento más vanguardista y sobresaliente de nuestro tiempo. Este austriaco serio y profundamente reflexivo hace gala en Caché de un estilo caracterizado por la sobriedad formal y por la intención reflexiva. Podemos deducir de su filmografía (El vídeo de Benny, 1992; 71 fragmentos para una cronología del azar, 1994; Funny Games en sus dos versiones de 1997 y 2007...) que se ha interesado especialmente por todas aquellas formas de contar que están en los márgenes de la tradición cinematográfica y por una intención cuestionadora que construye un espectador activo. Como él mismo ha afirmado repetidas veces en varias entrevistas "hoy es necesario más que nunca tratar al espectador como una persona inteligente" (http://www.celuloideydvd.es/?p=616).

Caché, merecedora de la Palma de Oro de Cannes en 2005, habla de todas estas obsesiones en un envase absolutamente elegante y lleno hasta los topes de tensión, intriga y suspense. No seré yo quien lo haga, pero hay quien ha considerado a Haneke como el Hitchcock europeo del siglo XXI. En este sentido son muchos los muchos valores (estéticos y humanistas) que incluye el filme: una Juliette Binoche y un Daniel Auteuil excepcionales que se van enervando progresivamente en cada nuevo plano, un montaje de planos largos y extremadamente naturalistas (una cámara oculta que graba los movimientos de una familia a tiempo real) cuya ilusión de realidad de desmorona cuando vemos rebobinarse las imágenes, diálogos lúcidos que contribuyen a la creación de tensión, juegos de ocultamiento en los que el espectador debe responder a quién es el responsable de todo esto...

Nosotros destacaremos especialmente un valor: el modo en el que esta película es absolutamente clásica y vanguardista al mismo tiempo. En pocas palabras, somos testigos de cómo una familia parisina recibe cada día una cinta envuelta en dibujos infantiles y amenazadores con imágenes de videovigilancia de su hogar. Daniel Auteuil, un importante presentador de un programa de debate literario-cultural de televisión, se va resquebrajando. Cada vez más cerca de la crisis nerviosa desentierra todos los fantasmas, culpas, complejos y miedos del pasado. Por eso se suele decir que Caché pertenece al género "thriller". Aparte de la imprecisión de este tipo de clasificaciones para principiantes, Caché responde más a la etiqueta de filme hitchcockiano, o de filme psicológico de terror-expiación (la felliana Giulietta degli Spiriti o Expiación de Terry Gilian), o de tragedia clásica (¿por qué no una Casandra de la Ilíada, que conocía el destino de los troyanos de antemano?) en la que el personaje es asediado por el arrollador fatum en ese ajuste de cuentas que exigen los inclementes dioses. Aquí no hay dioses, pues en la modernidad murieron y Nietzsche lo anunció, y eso es lo que crea el absoluto pánico en los personajes y, por ende, en el espectador.

Eso es lo terrible: se nos oculta de dónde viene el fatum, quién es el responsable de este ajuste de cuentas. El vídeo es la única evidencia que tenemos, tanto los personajes como nosotros. La imagen registrada al más puro estilo Lumière-1896 se revela contra el mundo burgués que la ha educado en el estilo narrativo de ficción, en los 'sueños' de Hollywood. No es baladí que Haneke emplee esta estética (la de la cámara fría que capta la realidad) y que la utilice como elemento de terror. Esa imagen que damos por documento fidedigno es una venganza contra esa otra verdad correcta e hipócrita de la burguesía europea a la que pertenecen los personajes de Auteuil y Binoche. Y, nuevamente, de ahí en adelante, el espectador debe juzgar: ¿quién es el responsable de este ajuste de cuentas?

Al terminar la proyección, las pistas están dispuestas encima de la mesa. El espectador debe responder.