jueves, 27 de mayo de 2010

Crítica#9

Drácula
El combate de Coppola contra Dios


Título original: Bram Stocker's Dracula
Nacionalidad: Estados Unidos
Año de producción: 1992
Director: Francis Ford Coppola
Guión: James V. Hart
Compañía productora: American Zoetrope/Columbia Pictures/Osiris Films
Música: Wojciech Kilar
Fotografía: Michael Balhaus
Reparto: Gary Oldman, Anthony Hopkins, Wynona Rider, Keanu Reeves, Cary Elwes, Monica Bellucci, Sadie Frost, Tom Waits, Bill Campbell

Algunos de los más grandes tienen su versión del mito del vampiro, cada una de ellas, inigualable en sí misma. Friedrich Wilhelm Murnau y su aun hoy inquietante Nosferatu, Carl Theodor Dreyer y su monumental Vampyr... y Francis Ford Coppola y su Drácula de Bram Stocker, galardonada con tres Oscar (vesturio, maquillaje, efectos de sonido) y cuatro nominaciones a los premios BAFTA. Coppola, perteneciente a la generación de los neoclásicos que se formaron en escuelas de cine y en televisión viendo y revisando los grandes clásicos, recoge de algún modo toda al herencia que sus predecesores han legado (incluyendo incluso, y como no podía ser de otra manera, a los dráculas de Bela Lugosi y Christopher Lee). Pero aportando su dominio de la práctica de "hacer cine", elegante, excelente y siempre sorprendente.

Drácula es una historia conocida por todos. Es uno de los mitos que hemos heredado del romanticismo, del siglo XIX y que, con el de Carmen, por ejemplo, conforman nuestro actual imaginario colectivo. Aun así, huelga decir que es la historia de un noble rumano que, tras la caída de Constantinopla (y con ella, de todo el Imperio Bizantino), combate en el siglo XV a los ejércitos turcos, que se anexionaron todas las regiones de la Europa Oriental amenazando incluso a La Serenísima, la República de Venecia. En esta guerra política y muy religiosa, el Conde Drácula debe ir a la guerra. En su ausencia su amada fallece, y este, desesperado, reniega del Dios por el que ha luchado, que también ha permitido la muerte de su amada. La maldición que arroja, cae de nuevo sobre él, y se convierte en un monstruo terrible que se alimenta de sangre. Muchos siglos después, en el XIX, su amada se reencarna en la joven británica Mina Harker. El Conde traza un complicado plan para recuperarla y, desafiando a Dios por segunda vez, vivir con ella en la eternidad. Si bien aun pesa un dilema sobre este monstruo tan humano: ¿será capaz de hacer vivir como monstruo a su amada?

Coppola y no se enfrente al problema de Murnau o Dreyer: el litigio con los herederos de Stocker por los derechos de la obra. Bien al contrario, Coppola, siempre orgulloso y presuntuoso, titula a su obra Drácula de Bram Stocker. Si bien se ha discutido mucho acerca de la bondad o maldad de la adaptación literaria, el film de Coppola nos remite instantáneamente a los orígenes estéticos del mito sobre la novela base. El vampiro, una figura tan viciada y reformulada por la serie B (que no es una serie menos digna), vuelve a sus orígenes decimonónicos. A su fuente. La excelencia de Coppola no sólo consiste en su magistral uso del lenguaje cinematográfico, los refinados encuadres o el excelente uso del color que ya ensayó en Corazonada (One From the heart, 1982); sino en el conjunto estético inquietante y estilizado propio del romanticismo. Romanticismo, y absoluta sensualidad en la forma de filmar el erotismo que Drácula exige. Ambientes, a saber, que recrean la estética victoriana y modernista decimonónicas (mucha atención a los vestuarios, peinados, tocados de las damas que viven en Londres y Transilvania...) o los ambientes más oscuros y fantasmales pero que siempre invitan a la sensualidad, como es característico de este movimiento estético del XIX. El célebre conde recupera todo el contenido simbólico, trágico e incluso narrativo que Abraham Stocker le concedió fijando el mito en su libro.

Igualmente, Coppola, retoma algunos de los más grandes logros de sus predecesores. Para reafirmar el ambiente esotérico y misterioso, no duda en desplazar al anciano conde por su castillo sobre una plataforma, nunca caminando, arrastrando la cola de su larga túnica roja como si estuviera reptando. El conde no tiene pies, pero tiene una sombra que se mueve a su libre albedrío (como la del Nosferatu de Murnau) y que blande su capa, lo que no puede dejar de recordarnos a la interpretación memorable de Christopher Lee. La atmósfera de Dreyer se ve coloreada por la invasión de siniestros y sensuales colores en los frames... Llegados a este punto, pi la historia de Drácula, como mito, es el trágico combate del hombre romántico contra Dios, la película en sí es el combate personal de Coppola.

El director de origen italiano desafía los tópicos de los más grandes hitos fílmicos (por excelencia de sus realizadores o por pervivencia de sus iconos) obsequiándonos con el ya inmortal Gary Oldman tras sus lentes azuladas seduciendo a Mina Harker (Wynona Rider). El combate de Coppola no sólo es estético, puesto que la historia de la American Zoetrope, es la historia de un combate contra las finanzas y las leyes de lo posible. Coppola, a menudo comparado con el wellesiano Charles Foster Kane, tiene una especial habilidad para iniciar proyectos faraónicos que terminan con su estudio. Pero tiene otra increíble habilidad para remontar su megalomanía con películas celebérrimas que ya hoy son históricas: los tres Padrinos en incluso el Drácula. Amante del riesgo y de lo monumental, Coppola busca en su carrera el equilibrio entre los dos polos tradicionalmente enemigos de arte y finanzas. Drácula, como los Padrinos, son ejemplo de la convivencia pacífica de esos extremos. El pretencioso Coppola vive en un combate contra Dios. Y permítasenos opinar, que Coppola ha ganado. A los dioses de la tradición, y a los dioses del vil metal.

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