"Ana y los lobos"
Chacun à son goût
Se nos ha pedido que hagamos un comentario impresionista, prácticamente conductista, sobre la película Ana y los lobos, de Carlos Saura. Es el momento de hacer una serie de elecciones para elaborar este relato escrito, del mismo modo que Raúl Ruiz sostiene que se hacen elecciones para privilegiar unos conflictos sobre otros en los guiones de los filmes. Chacun à son goût, cada uno a su gusto, como los tres hermanos de Ana y los lobos, podremos elegir cómo "diseccionar" el filme que hemos visto.
Se me pide que haga una crítica impresionista, por tanto, anuncio desde este momento que mi reacción al terminar la proyección no pasa por ninguna de esas tres actitudes de José, Juan y Fernando para analizar el filme... ni por ninguna. Federico Fellini, a quien profeso gran devoción, dijo que él pretende "mostrar y no demostrar", y que "para dar un mensaje es mejor enviar un telegrama que hacer una película". Y, ciertamente, es más barato. Por tanto, hablemos de impresiones y sensaciones.
Cuando se encienden las luces al final de la proyección, lo primero que me recorre es un cierto vacío y, ya que parece que me estoy confesando en público, ¿por qué no admitirlo?: desazón. No sólo porque acabamos de asistir a un acto repugnante en el desenlace hacia un personaje al que, en 90 minutos de metraje, le he cogido un cierto cariño, sino también por esas imágenes extrañamente (porque no me parecen bellas) cautivadoras que contienen la paleta de colores desvaídos de una España de posguerra, la nostalgia de un pasado glorioso que nunca existió (que pone en pie la madre), el misterio de las relaciones entre unos personajes que nunca quedan definidos del todo y se escapan a toda definición, una casa de misterio con unos habitantes de terror (la madre, el episodio de la muñeca, el museo de José)... en definitiva, ante un conjunto que no soy capaz de traducir a palabras, porque es una película y no un escrito, como el mío. Y como dice Yuri Lotman, "si pudiera ser dicho con palabras, no tendría razón de ser".
No puedo desprenderme de ciertos pre-juicios. A saber: la admiración que albergo por Carlos Saura y su genial capacidad para poner en imágenes o reconocer el humor (negro) de Rafael Azona en los parlamentos de la madre. A mi lista de impresiones se unen la contemplación y la carcajada. Nada más dispar.
Y, finalmente, tras las sensaciones, surgen las preguntas. Todo un horizonte de preguntas: ¿representan los tres hermanos al eros, al guerrero y al santo? ¿Acaso es un retrato de la España franquista? ¿Qué representa la misteriosa Ana (Geraldine Chaplin)? ¿Por qué me cautiva tanto la forma absolutamente bella (en una película que es casi de horror), sutil, pausada, lenta, contemplativa y delicada de la que Saura fotografía a Geraldine? ¿En qué consiste la búsqueda de Ana, el verdadero eje central de la película?
Sin duda, son preguntas que debo hacer tras una crítica impresionista pero no responder, ya que de lo contrario entraría en el resbaladizo terreno de la interpretación. Creo firmemente que este relato que estoy construyendo, privilegiando algunas claves de sentido sobre otras, es tremendamente inestable. Mañana, dentro de un mes o del tiempo que sea volveré a leerlo y me preguntaré, ¿y esto quién lo ha escrito? ¿quién ha hecho esto? Volviendo al principio, si los recuerdos y las impresiones inestables, el "chacun à son goût", tratan de imponerse como una ley única, caigo, en mi relación con el filme, en el macabro juego de los tres hermanos: ¿cómo prefiere usted que la torture? ¿Como un general? ¿Como un violador? ¿O como un inquisidor?


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